A
pesar del amplio consenso existente en torno al concepto de desarrollo
sustentable, la ambigüedad de este término ha dado lugar a múltiples
interpretaciones, algunas de las cuales se alejan por completo de los objetivos
esbozados en el informe de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y
Desarrollo.
De la definición acuñada en el informe
Brudtland, algunas instituciones, tanto de los países ricos, como de las
naciones más pobres, parecen haber retomado únicamente la idea de que es
necesario seguir creciendo a como dé lugar.
De igual forma, no son pocos los organismos
internacionales que han anunciado la reconciliación entre las nociones de medio
ambiente y crecimiento económico, promoviendo a toda costa este último, sin atenderá
a las condiciones ecológicas que imponen límites al modo de apropiación de la
naturaleza. Estas interpretaciones pretender reconvertir los procesos ecológicos
y simbólicos en capital natural, para de
esta manera estar en condiciones de asimilarlos al proceso de reproducción y expansión
del orden económico actual, reestructurando las condiciones de la producción mediante
una gestión económicamente racional del medio ambiente.
Así, muchas de las definiciones oficiales se
encuentran plagadas de graves inconsistencias que hacen imposible su implementación
en el terreno de las políticas públicas, Tal
es el caso de las que se construyen a partir de la suma de objetivos que
si bien no son irreconciliables, de alguna manera son excluyentes entre sí, olvidando que la sostenibilidad
implica la definición de prioridades, y por tanto, el establecimiento de límites
ecológicos y restricciones de orden político y moral que deben imponerse a
nuestras acciones, reconociendo que no todo lo técnicamente posible es
humanamente aceptable. Esto significa que no se puede ser sostenible y al mismo
tiempo promover un crecimiento a partir del uso intensivo del capital humano o
natural; del mismo modo en que el uso de tecnologías altamente contaminantes,
aunque sean más baratas y, por ende, más productivas y rentables, no pueden ser
en modo alguno sustentables.
Ante esta situación, diversos autores han
señalado que es necesario acuñar una definición más clara y precisa de la
sostenibilidad que se fundamente sobre solidos principios éticos que apunten a
la construcción de una racionalidad ambiental que sea capaz de orientar la transición
hacia un desarrollo que sea en verdad sustentable. Esta concepción integral del
desarrollo sustentable deberá centrarse simultáneamente en cuatro dimensiones
fundamentales: la sustentabilidad social, la sustentabilidad ecológica, la
sustentabilidad económica y la sustentabilidad política. Cada una de ellas
atrae un principio esencial.
La sustentabilidad social se vincula con los
principios de la paz y la equidad; la ecología con la conservación; la
sustentabilidad económica con el desarrollo adecuado y la política con la
democracia.
A partir de esta compleja interacción, y
tomando en cuenta que el desarrollo sustentable no es un modelo acabado, sino
un principio orientador de procesos dinámicos que cambian y se redefinen sobre
la marcha, podemos acuñar una definición más detallada e integrada.
Esta definición concibe al desarrollo
sustentable como un proceso dinámico en el que el manejo de los recursos
naturales, los mecanismos de concientización y participación ciudadana, el
enfoque del desarrollo científico y tecnológico, la formulación de nuevos
esquemas institucionales y organizacionales, la orientación de la economía y la
adopción de principios éticos de responsabilidad ambiental, confluyen en la construcción
de opciones tendientes a fortalecer las estrategias de desarrollo que permitan
satisfacer las necesidades básicas actuales, sin destruir la base ecológica de
la que dependen el desarrollo socioeconómico y la calidad de vida de las
generaciones futuras
Toda la informacion proviene del libro: Ciencia Tecnologia Sociedad y Valores I su autor es :José Alvaro Hernández Flores de la editorial Book Mart Mexico.

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